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Residencia Matznergasse

Iglesia de San Lorenzo del Monte o de Sous. Bassegoda. La Garrotxa. Gerona.  Asaltada y saqueada en 1936. En la imagen, un aspecto del interior de la iglesia declarada en estado ruinoso. Fotografía tomada en 1978.

 

Residencia Matznergasse. “Fábrica de ataúdes”. BKK-2. Viena. Construída entre los años 1994 y 1996. En la imagen zona de acceso, con cafetería y fachada a la calle. Fotografías de Hertha Hurnaus.

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Los focos de actividad anticlerical, desde la quema de templos hasta el asesinato de eclesiásticos, se ha convertido en una de las guías que permiten la localización de fosas comunes ilegales debidas a la represión fascista entre los años 1936 y 1939. Se ha establecido un equilibrio perverso por el que los fascistas justificaban su represión en base a la eliminación de símbolos religiosos por las llamadas “hordas marxistas”. Algo así como un intercambio simbólico de “personas físicas desaparecidas” por “símbolos religiosos destruidos”.

 

La importancia simbólica que opera en la apropiación de Matznergasse de una antigua fábrica de ataúdes, para convertirse en modelo de la promoción de viviendas por parte de cooperativas y comunidades, se debe no tanto al sentido morboso de la localización –cuantas veces no se ha descrito a la vivienda funcionalista como una fábrica de ataúdes para obreros–, sino a lo relevante de la permuta semántica: sobre las bases de la vieja ciudad en posible que crezca una forma de vida nueva, urbana , autónoma, autogestionada. No se trata de establecer nuevos emplazamientos utópicos alejados de la realidad de nuestras viejas ciudades, metrópolis que no necesariamente van a convertirse en “fábricas de ataúdes”. El viejo enfrentamiento entre las Siedlungen [1] vienesa y el Werkbund [2] alemán de los años veinte y treinta, parece que puede dilucidarse con este favor: donde antes operaban espacios nichos ahora florecen elásticos módulos de habitabilidad que se adaptan a los diversos momentos del ciclo vital.

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Las nuevas políticas de patrimonio aceptan recuperar el pasado con una paradójica desmemoria. Lo importante parece ser la localización de la ruina para manipularla adaptándole a nuevos programas de crecimiento que tienen su consideración en los planes de desarrollo turístico y otras formas de gestión del ocio organizado. Importa la construcción no la ruina, puesto que el primer enriquecimiento va a provenir de la reconstrucción de esa misma ruina. Una ruina puede tener tanta importancia, sino más, que la reconstrucción de que será objeto. Está paradoja se observa especialmente con las viejas ermitas que por nuestros campos y montes yacen en estado ruinoso. Indefectiblemente se adjudica se decadencia al paso del tiempo y a la vieja obsesión de buscar los signos de un pasado esplendoroso: villas romanas, iglesias románicas, viejas industrias del siglo XVIII, etc. La paradoja que observamos, por ejemplo, al acudir a la elemental memoria de estas piedras y descubrir que se trata de una edificación religiosa que fuera incendiada y desmantelada durante nuestra guerra civil. Curiosamente, su reconstrucción al servicio de la industria turística –convertir el espacio en hostería rural, parada con encanto o centro de atención turística– no hace más que borrar nuestra memoria, desvirtuarla al servicio de una industria cultural que pretende mostrar un pasado siempre edulcorado y domesticado.

 

El reaprovechamiento del espacio del centro de nuestras ciudades provoca una cierta manipulación interesada en la conveniente gestión de nuestra memoria. Si nos atenemos a la estadística son pocos los hábitats modelos de una ciudadanía que autogestiona su propio espacio de vida. Las autoridades municipales trataran de erigir ese lugar ejemplar a modo de hito, monumentalizarlo para dar ejemplo, convertirlo en una isla. Muchas veces las medidas de protección sobre estos hábitats –procedentes de las viviendas sociales de los 50, las autoedificaciones de los años 60 o las casas ocupadas de los años 70– inciden tanto en la excepcionalidad que parecen interesadas en que a su alrededor todo siga igual. La fetichización de este nuestro pasado reciente acaba desvirtuando el carácter colectivo de estos ejemplos. La riqueza cultural que debían aportar a la comunidad se musealiza, acabando convertidas en casos de estudio para lo que pudo ser y nunca acabará siendo.

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Sociedades excursionistas y restauradoras que proliferan cada vez más en Cataluña. En la zona pre-pirenaíca a menudo se establecen experiencias patrimoniales que vienen asociadas con este antiguo espíritu asociacionista ligado a la montaña y a las sociedades de excursionistas. Un grupo decide restaurar la apariencia de una antigua iglesia o de unas viejas casas de campo, frenar, al menos, su decadencia fruto del paso del tiempo de los accidentes bélicos de nuestra última guerra, restaurarlas por su redenominación como hitos del paisaje al que esa sociedad de montaña o excursionista la ha ligado. Estas asociaciones, a menudo con ayudas oficiales de carácter regional o municipal, adquieren ciertos derechos para la gestión de ese espacio público. Un espacio público sin usuarios, puesto que la lejanía de centros urbanos incluso las dificultades objetivas de acceso al lugar impiden que estas reedificaciones tengan un verdadero uso público. Así las frecuentes adaptaciones de utilidad –servicio higiénicos, restauración, salas de actividades, dispensarios, telefonía y otras comunicaciones, etc.– se nos aparecen como un gran sinsentido. Lo normal es que los trabajos se limiten al sostenimiento de lo reconstruido y a ciertas reformas exteriores sobre alcantarillado y urbanización de los accesos y ajardinamientos. Lo cierto es que estos espacios son lugares para el esparcimiento solaz más que para una estricta habitabilidad, aunque hay que contar siempre con que puedan convertirse en ocasionales refugios para excursionistas extraviados o viajeros afectados por las inclemencias del tiempo.

 

Se trata de un modelo residencial innovador, construido en el emplazamiento de una antigua fábrica de ataudes. El solar fue adquirido por una asociación, que, haciendo uso de las ayudas a la promoción y con la participación de sus mienbros, erigió una “residencia” con amplias dependencias colectivas. Las viviendas se asignan como “plazas habitables” y pueden crecer o menguar con los ciclos vitales. A lo largo de las galerías, de un color naranja intenso, se disponen unas 75 unidades, construidas a partir de un tipo básico de 45 metros cuadrados en dos plantas, condicionado únicamente por la escalera y el núcleo de instalaciones, pero con capacidad para adicionarse y dividirse. En pasajes semiprivados, pero accesibles al público en general, se disponen un café-restaurante, con cocina comunitaria, seminarios, una sala de actividades con bar, un centro infantil, una sala de baños y una sauna. Las cubiertas vegetales cuentan con “jardines de piedras” y arriates para plantas.

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No es un lugar para el splendid isolation, y por ello cuenta con numerosos puntos en los que mirar al interior o a través, y espacios para una vida urbana e integrada.

 

Cualquier reconstrucción está señalando la muerte de un espacio como tal, la clausura de su autonomía en cuanto relato histórico o natural. En este sentido mortuorio del espacio no queda sino constatar la decepción que sufre el caminante al encontrarse camino de la inaccesible cumbre un lugar rehabilitado, una casita de chocolate donde esperaba descubrir una ruina romántica.

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Los problemas que estas  rehabilitaciones plantean a los distintos ayuntamientos tienen que ver con una cierta muerte de las señas de identidad históricas de cada barrio. Pero debemos de plantearnos con claridad qué y porqué se desean conservar ciertos espacios. Qué sentido tiene mantener vivas las memorias de lo que fueron viejos mataderos o antiguas funerarias y porqué su rehabilitación no puede superar las trabas patrimonialistas de respeto por la fachada del edificio y sus signos de reconocimiento en el espacio social de la ciudad.

 

Se habla entonces de la iconoclastia y la violencia anticlerical como fenómenos inherentes a los procesos de urbanización, entendiendo la urbanidad no únicamente como la calidad de relativo a la ciudad, sino, tal y como habían propuesto los teóricos de la Escuela de Chicago [3], un estilo de vida basado en la deslocalización y el movimiento, una forma de sociedad en la que la inestabilidad se constituye en una forma paradójica de estructuración. Lo urbano no es entonces lo contrario de rural, sino más bien de lo comunal. La dinámica urbanizadora no seda entonces tanto la de la extensión de la superficie ocupada por las ciudades, sino la del relajamiento de los controles sociales y de ampliación de los campos dominados por la incertidumbre.y la incongruencia. Las brigadas móviles que recorren las zonas rurales e incluso las zonas más agrestes no hacen sino ejecutar un efecto que ya se ha presentado como de onda, que no desmiente en absoluto la génesis y la vocación urbanizante de los ataques. De ahí el entestamiento de los anticlericales del verano de 1936 de acabar con elementos religiosos situados en puntos recónditos, como las cruces, las ermitas o los oratorias, que cumplían un papel fundamental como indicadores de áreas que las comunidades locales consideraban propias, y que deslindaban éstas de aquellas otras que eran tenidas como no territorializadas o correspondientes a otras comunidades. La obsesión por las cruces de término fue una constante entre el activismo anticlerical de los años treinta. En Inca, la agresión iconoclasta más importante por aquel entonces consistió en el derribo de las cruces que había en las entradas a la población una noche del mes de enero de 1931, en lo que los políticos de izquierda locales consideraron un «acto de incultura e intolerancia». Algo parecido se describe en la crónica de las destrucciones anticlericales en el término municipal de Cerdanyola del Vallés, en Barcelona. Tales actuaciones responden a una voluntad explícita por extender a todos los rincones una dinámica de supresión radical del culto católico, en cualquiera de sus expresiones. La prensa anarquista del momento reconoce abiertamente esa voluntad de ampliar al máximo esa labor de ángeles exterminadores que recorren campos y pueblos liberándolos de una presencia abominable.

 

 

 

 

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Al pie del Ortler, un industrial de Turín hizo construir para su hijo de veintidós años, por un arquítecto famoso en el mundo entero, un hotel, que a su terminación fue calificado del más moderno y el más caro, no sólo de toda Italia, y que tenía doce pisos y, realmente, estuvo acabado ya después de año y medio de construcción. Antes de comenzar las obras hubo que hacer una carretera, de diecinueve kilómetros de longitud, en aquel paisaje hasta entonces inaccesible, uno de los más intactos de los Alpes en general, que le llamó la atención por primera vez al industrial de Turín en una excursión a la montaña con un amigo inglés y le pareció inmediatamente apropiado para construir un hotel así. Unos mil obreros encontraron trabajo en esas obras. La víspera de la inauguración del hotel, el hijo del ambicioso turinés tuvo súbitamente un accidente mortal en el circuito autornovilístico de Monza. Después de ello, la fiesta de inauguración no se celebró ya. El infortunado padre decidió, el mismo día del entierro de su hijo, no poner jamás los pies en el hotel recién terminado y, a partir de ese día, dejar que se hundiera por completo. Indemnizó y despidió a todas las personas necesarias y ya contratadas para la explotación del hotel, y bloqueó la carretera de acceso, prohibiendo la entrada a todo el valle en cuyo fondo se encuentra el hotel. En una excursión al macizo del Ortler, desde Gomagoi, nos tropezamos de pronto con ese hotel que, en ese tiempo, tres años después de su terminación, hacía ya una impresión espantosa. La intemperie de años había destrozado hacía tiempo las ventanas, arrancando grandes partes del tejado, y en la cocina, todavía totalmente equipada, crecían ya grandes árboles, probablemente pinos.